
A día de hoy quiero visualizarla en sus brazos, en aquel convento de diez habitaciones que restauró y convirtió en un hotel con encanto para parejas enamoradas.
Los días pasan muy rápidos y Fabiana, Lucilda, Javichu y compañía siguen junto a ella... porque son familia y ya no sabrían vivir los unos sin los otros.
Puede que de vez en cuando, aquellas luces de escenario que acariciaban su piel cada noche... le ronden con la idea de secuestrarla para volver a verla vestirse de ninfa nocturna y a pasearse unicamente envuelta en un feliz marabú violeta...
Es entonces, cuando rescata las canciones de Miranda! y le hace un pase privado al Dr. Egosite mientras le susurra al oído que nunca, nunca, nunca... se separará de su lado. Y eso, que a ella... los nuncas, nunca le han gustado.
